Dibuja en la ventana una
salida a los jardines.
Deshecha tus miedos en
los recovecos de ayer.
Cerrá las cortinas
y empapate de Sol,
de calor del mediodía
que azota tu puerta.
Quita tus zapatos
de charol, desata
tu vestido.
Dobla las sábanas
y métete en la cama
aquí, conmigo.
22 mar 2013
Las largas estaciones.
Llueve fuerte afuera y
se aplasta con los pasos
el cristal del asfalto.
se aplasta con los pasos
el cristal del asfalto.
Quisiera que tu clima
me abrace y abrigue
en estos días de frío.
Y si tus ojos ladinos
se aferran a los
míos por las
largas estaciones.
Dormiré en tu
vientre, besaré
tu espalda y
callará el mundo.
me abrace y abrigue
en estos días de frío.
Y si tus ojos ladinos
se aferran a los
míos por las
largas estaciones.
Dormiré en tu
vientre, besaré
tu espalda y
callará el mundo.
11 mar 2013
Tren.
Elije ya tu tren
a un campo de
soles y duraznos.
Besa hoy tu
pasaporte, ya
duerme en la ventana.
Descansa y sueña,
sin temor. Despierta
que ya bajas.
a un campo de
soles y duraznos.
Besa hoy tu
pasaporte, ya
duerme en la ventana.
Descansa y sueña,
sin temor. Despierta
que ya bajas.
Verte de piel.
Quita el pelo de tu rostro,
quiero verte vestida,
de tus ojos verdes,
como antes,
verte de piel,
verte de pie.
No desnudes tu mirada,
ni la inundes de
tus lágrimas,
decime qué buscás,
que es lo que
añorás.
quiero verte vestida,
de tus ojos verdes,
como antes,
verte de piel,
verte de pie.
No desnudes tu mirada,
ni la inundes de
tus lágrimas,
decime qué buscás,
que es lo que
añorás.
Gárgolas.
Invocan gárgolas
estos tiempos,
estas esquinas.
Ya tu cariño se
secó, como aquel
mar de mitologías.
Cúbrete y aguarda,
sé paciente y no corras,
que la lluvia aún no cae.
16 ene 2013
Perro callejero.
Oh, perro callejero
que escribes tu
caminata taciturna.
¿Qué podrías querer
acaso de mí?
No me mires con
tus ojos húmedos
tan solitario.
Yo no tengo las
respuestas para vos.
Yo no soy este que
mira al suelo y
se topa con vos.
Yo no soy este que
se queda mirándote.
Oh, perro callejero
no llores, que queda
un largo camino.
Espero que al voltear
no me estés mirando.
que escribes tu
caminata taciturna.
¿Qué podrías querer
acaso de mí?
No me mires con
tus ojos húmedos
tan solitario.
Yo no tengo las
respuestas para vos.
Yo no soy este que
mira al suelo y
se topa con vos.
Yo no soy este que
se queda mirándote.
Oh, perro callejero
no llores, que queda
un largo camino.
Espero que al voltear
no me estés mirando.
19 dic 2012
El abrazo.
Había sentido miles de veces el peso de tu cuerpo sobre el mío. Miles de veces había soportado el anillo de tus piernas sobre mi cintura. Y en todas y en cada una de esas veces, el tiempo de tu cuerpo se hacía cargo del mío, y entonces, sólo entonces, hallaba yo descanso y siesta.
De repente me encontraba esperando en tu portal con los pies esquizofrénicos y no pude pensar en más nada. En ese instante sólo me permití mirar al suelo y perseguir a los autos yendo y viniendo, parando y siguiendo, llegando y partiendo.
El sonido de la llave contra el cerrojo fue suave y la puerta se deslizó hacia vos. Tu cabeza se ladeó hacia el hall invitándome a pasar, y tu rostro estaba triste.
Lentamente me paré a tu lado, y sentí tus brazos arrastrarse por mis hombros y rodear mi nuca.
Envolví tu cintura con los míos y allí, bajo el marco de tu puerta, fue cuando todo cambió.
Allí le perteneciste a mis brazos, tu cabeza durmió en mi hombro y tu cuerpo descansó en el mío.
28 nov 2012
Cuando llegue ese día
- Algunas veces siento que algún día me voy a despertar y me
van a haber pasado 10 años por encima casi sin darme cuenta.
Las pupilas de él se vieron a sí mismas, petrificadas y
grandes como monedas, en el reflejo de los ojos vidriosos de ella.
Siguió con un hilo de voz.
- Y tengo la sensación de que, cuando ese día llegue, voy a
estar en este mismo lugar, hablando con vos, con esta misma cosquilla en la
garganta y con estas mismas ganas de llorar sin poder hacerlo.
Al terminar de hablar, refugió las esbeltas manos bajo sus
muslos inquietos. Gachó la cabeza y un mechón quedó colgando bailarín de su
rostro, pero lo acomodó rápidamente detrás de su oreja.
El aire caía denso sobre sus cabezas, y el silencio se
hacía escuchar.
Ninguno quería continuar. No sabían cómo hacerlo en realidad,
cómo seguir con ese río de palabras magentas que se salpicaban sin mojarse.
Él quiso colocar una mano sobre su hombro, sobre su rostro,
sobre su pierna. No podía hacer más que pensar.
“Cuando llegue ese día, vas a despertarte y yo voy a estar acostado al
lado tuyo, y te voy a haber estado
mirando por muchas horas sin haberme darme cuenta, y la cosquilla va a habitar
en mi pecho, y el que vaya a querer llorar voy a ser yo”.
18 nov 2012
Los extraños.
Quisiera saber por qué
mientras nos besamos
arrodillados, tu sonrisa
se tiñe de tristeza.
Y percibo, con mis
ojos cerrados, los tuyos
lejanos, y tu cuerpo
que viene y se va.
Nos contemplamos
los rostros con miedo,
poso una mano en
tu mejilla, y la besás.
Tan fácil me envolvés
con tus largos brazos,
me dejo acariciar, nos
empapamos en el otro.
17 nov 2012
Algo parecido a eso.
No es más que
poner un pie
delante del otro
y así otra vez.
Pero sí,
caminar
es algo más
que eso.
No es más que
apoyar la
pluma en la hoja
y deslizarla.
Pero sí,
escribir
es algo más
que eso.
No es más que
querer hacerte
sentir que sos
única para mí.
Pero sí, quizás
quererte es
algo parecido
a eso.
poner un pie
delante del otro
y así otra vez.
Pero sí,
caminar
es algo más
que eso.
No es más que
apoyar la
pluma en la hoja
y deslizarla.
Pero sí,
escribir
es algo más
que eso.
No es más que
querer hacerte
sentir que sos
única para mí.
Pero sí, quizás
quererte es
algo parecido
a eso.
9 nov 2012
Confín.
Revolví entre
los infinitos más
largos del tiempo.
Abracé tu cintura en
las más remotas
esquinas de tu hogar.
Desenmascaré tu
mirada en el
confín de la mía.
8 nov 2012
Escondite.
Podría perderme
en tus ojos tristes
y haría un refugio
de tu boca.
Podría empaparme
con tu piel suave,
y haría un santuario
de tus manos.
Y si te pierdes,
estaré esperando
en tu cuarto,
dulce cárcel.
Y si me pierdo,
estaré acariciando
ya tu cuerpo,
eterno escondite.
en tus ojos tristes
y haría un refugio
de tu boca.
Podría empaparme
con tu piel suave,
y haría un santuario
de tus manos.
Y si te pierdes,
estaré esperando
en tu cuarto,
dulce cárcel.
Y si me pierdo,
estaré acariciando
ya tu cuerpo,
eterno escondite.
30 oct 2012
Los dados.
El destino es la religión
de la casualidad.
Es intentar inventar
una fuerza que
del más
(y más)
allá
acude.
Esa fuerza increíble,
e inexistente,
(a la que llamamos
destino), no es
más que
puras y
libres
chances.
Uno cosecha
lo que siembra.
Uno come
lo que cosecha.
Pero qué es,
el Sol,
si no un
número.
de la casualidad.
Es intentar inventar
una fuerza que
del más
(y más)
allá
acude.
Esa fuerza increíble,
e inexistente,
(a la que llamamos
destino), no es
más que
puras y
libres
chances.
Uno cosecha
lo que siembra.
Uno come
lo que cosecha.
Pero qué es,
el Sol,
si no un
número.
18 oct 2012
El caballo.
Las carcajadas morbosas comenzaron a asustar.
Ya casi en nada se distinguía lo real de lo falso, de la ficción y de la mentira.
La caminata, realizada a horarios ridículos de la noche, carecía de sentido alguno. Todo parecía absolutamente maravilloso y espeluznante, hasta lo más pequeño e insignificante.
El grupo de amigos decidió virar hacia los corrales, donde se perdía el débil halo de luz artificial.
Todos parecían disfrutar hasta la última gota del elixir de aquel momento, pero aún así, sentían un pedazo de incomodidad invadir su cuerpo. Como si sólo fuesen partícipes, víctimas de un chiste bizarro y de mal gusto, de una broma pesada.
Al llegar al camino cubierto por árboles fríos, distantes y jorobados, el viento les hizo olvidar por un momento. El tiempo y el lugar, el recuerdo y la memoria no parecían más que un infinito vacío.
Así de la nada sucedió algo, antes de llegar al establo, y pereció el paso deambulante, en el que el macabro alborozo los hacía caminar colgándose uno del otro.
Los pelos se erizaron, el andar se detuvo, los ojos se abrieron, las miradas se cruzaron y las respiraciones y los latidos cesaron, cuando interrumpió el camino, con un bamboleo majestuoso y sigiloso, un caballo.
Su vasto tamaño, su color ocre teñido de noche, su crin despeinada, las pisadas lentas, fuertes y la mirada atenta e infalible, infundió en cada uno de ellos un miedo que jamás habían experimentado. Se sintieron presas por un momento.
La bestia, que a cada paso se ennegrecía, siguió su senda hasta mezclarse con la sombra de la noche, como si no se hubiese percatado jamás de la presencia de unos muchachos que por unos segundos, sintieron haber perdido la cordura y hasta el último ápice de esperanza en sí mismos.
Ya casi en nada se distinguía lo real de lo falso, de la ficción y de la mentira.
La caminata, realizada a horarios ridículos de la noche, carecía de sentido alguno. Todo parecía absolutamente maravilloso y espeluznante, hasta lo más pequeño e insignificante.
El grupo de amigos decidió virar hacia los corrales, donde se perdía el débil halo de luz artificial.
Todos parecían disfrutar hasta la última gota del elixir de aquel momento, pero aún así, sentían un pedazo de incomodidad invadir su cuerpo. Como si sólo fuesen partícipes, víctimas de un chiste bizarro y de mal gusto, de una broma pesada.
Al llegar al camino cubierto por árboles fríos, distantes y jorobados, el viento les hizo olvidar por un momento. El tiempo y el lugar, el recuerdo y la memoria no parecían más que un infinito vacío.
Así de la nada sucedió algo, antes de llegar al establo, y pereció el paso deambulante, en el que el macabro alborozo los hacía caminar colgándose uno del otro.
Los pelos se erizaron, el andar se detuvo, los ojos se abrieron, las miradas se cruzaron y las respiraciones y los latidos cesaron, cuando interrumpió el camino, con un bamboleo majestuoso y sigiloso, un caballo.
Su vasto tamaño, su color ocre teñido de noche, su crin despeinada, las pisadas lentas, fuertes y la mirada atenta e infalible, infundió en cada uno de ellos un miedo que jamás habían experimentado. Se sintieron presas por un momento.
La bestia, que a cada paso se ennegrecía, siguió su senda hasta mezclarse con la sombra de la noche, como si no se hubiese percatado jamás de la presencia de unos muchachos que por unos segundos, sintieron haber perdido la cordura y hasta el último ápice de esperanza en sí mismos.
19 sept 2012
Los amantes.
Cierro la puerta acorralándote contra ella al aventurarnos en el frío del dormitorio. Buscamos un recinto más reconfortante, arrastrando los pies mientras nos besamos, presos de la torpeza y de un temblor eufórico.
Nuestros pechos se encienden, nuestros besos crepitan, nuestras manos se encuentran y nuestros estómagos se inflan y desinflan, aturdidos.
Las velas se consumen casi tan lento como nos desnudamos.
El tren ruge casi tan rabioso como mis labios.
Las cortinas de seda bailan casi tan suave como tus dedos.
Las agujas avanzan casi tan rápido como nos amamos.
Y anochece casi tan profundo como nos dormimos.
Nuestros pechos se encienden, nuestros besos crepitan, nuestras manos se encuentran y nuestros estómagos se inflan y desinflan, aturdidos.
Las velas se consumen casi tan lento como nos desnudamos.
El tren ruge casi tan rabioso como mis labios.
Las cortinas de seda bailan casi tan suave como tus dedos.
Las agujas avanzan casi tan rápido como nos amamos.
Y anochece casi tan profundo como nos dormimos.
8 sept 2012
Te dedico un silencio.
En la soledad
de la calle
te dediqué
un silencio.
Sentado
en la acera
te pensé
un momento.
Mirando
a la gente
te quise
a mi lado.
Te regalo
mi tiempo
para que
no corras.
Te dedico
un silencio
para que
no calles.
de la calle
te dediqué
un silencio.
Sentado
en la acera
te pensé
un momento.
Mirando
a la gente
te quise
a mi lado.
Te regalo
mi tiempo
para que
no corras.
Te dedico
un silencio
para que
no calles.
22 ago 2012
...
-¿Y sabés qué es lo peor de todo? ¡Se mudó al día siguiente! ¿Vos podés creer? -preguntó exaltado el viejo Rubén mientras iba acomodando los últimos diarios para cerrar el puestito. -Explicame por qué carajo se iba a querer mudar de esta ciudad. -Levantó el cigarrillo del cenicero, le dio una última pitada y lanzó la colilla a la acera.
-Capaz quería un cambio Rubén, a todos nos hace bien respirar aire nuevo de cuando en cuando.- le contestó Fabián, sensato como lo habitual.
Sonó el portazo metálico y oxidado del puesto de diarios y emprendieron calle abajo.
Arriba del colectivo, Rubén miraba por la ventana, abriendo bien el ojo sobre un punto fijo, para lograr no observar nada en especial y al mismo tiempo poder verlo todo. Mientras lo hacía se frotaba despacio las manos ásperas y oscuras, como si arrastrara una suciedad que estaba ausente en verdad.
Fabián les repartía miradas largas y dedicadas a su compañero y al suelo, teniendo el último algún que otro envoltorio de caramelo, un boleto pisado y machacado, o alguna botella de gaseosa entre dos asientos.
Bajaron en la Costanera para cenar un sándwich de carne, mientras la brisa de la media tarde se les entrometía por la camisa, erizándoles los vellos del cuello.
En medio de una charla que carecía de algún sentido, tuvieron la gran idea de meterse por el estacionamiento de un restaurant bastante refinado, saludar al chico del trapito con desdén y sentarse en la bajada que daba al río.
-Mirá al tipo de la caña roja, -dijo Fabián mientras señalaba a un hombre que justo tiraba con esmero del mango. -si con eso no pica no lo hace con nada.
-Nunca entendí mucho de pesca. Nunca me interesó para variar.
-¿Jamás te dio intriga y te pusiste a husmear programas de pesca en los canales de deportes? -preguntó sorprendido.
-Yo no tengo pagos los canales de deportes.
-Qué tipo raro que sos Rubén.
Después de sacudirse el pasto del pantalón, y de apresurar el paso ante los gritos y las quejas de uno de los porteros del restaurant, caminaron un poco mientras miraban al río calmo, negro y apagado por la noche, un poco en silencio y un poco escuchando el golpe de los zapatos contra el pavimento.
-Extrañaba esto la verdad Fabián, hacía mucho que no pasabas. -soltó con su voz rasposa.
Al escuchar lo que había dicho, le dedicó una sonrisa sin mirarlo.
-Sí, perdoná... vos sabés que yo estuve con mis temas en casa...
-No te hagás drama. -lo interrumpió -No te pedí explicaciones, te quería decir eso nada más.
Rubén tosió ahogadamente y Fabián puso la mano atrás de su espalda amagando a dar unos golpes, pero mientras tosía le hizo un ademán de que no hacía falta, antes que pudiera darle la palmada.
Sin embargo de repente el viejo paró, y colocó las manos sobre sus rodillas, respirando fuerte y tosiendo agitado, pero en un volumen muy bajo.
Fabián se lo quedó mirando en silencio, y mientras el otro se empezaba a recomponer, y cuando pudo recobrar su postura a medias, le clavó los ojos.
-Ya va a pasar Rubén, quedate tranquilo.
El viejo, sorprendido, primero abrió los ojos bien grandes. Después no le quedó más que asentir con los ojos húmedos.
Emprendieron nuevamente camino mientras los pasos que resonaban contra el pavimento se iban desvaneciendo en la noche.
-¿Y sabés qué es lo peor de todo? ¡Se mudó al día siguiente! ¿Vos podés creer? -preguntó exaltado el viejo Rubén mientras iba acomodando los últimos diarios para cerrar el puestito. -Explicame por qué carajo se iba a querer mudar de esta ciudad. -Levantó el cigarrillo del cenicero, le dio una última pitada y lanzó la colilla a la acera.
-Capaz quería un cambio Rubén, a todos nos hace bien respirar aire nuevo de cuando en cuando.- le contestó Fabián, sensato como lo habitual.
Sonó el portazo metálico y oxidado del puesto de diarios y emprendieron calle abajo.
Arriba del colectivo, Rubén miraba por la ventana, abriendo bien el ojo sobre un punto fijo, para lograr no observar nada en especial y al mismo tiempo poder verlo todo. Mientras lo hacía se frotaba despacio las manos ásperas y oscuras, como si arrastrara una suciedad que estaba ausente en verdad.
Fabián les repartía miradas largas y dedicadas a su compañero y al suelo, teniendo el último algún que otro envoltorio de caramelo, un boleto pisado y machacado, o alguna botella de gaseosa entre dos asientos.
Bajaron en la Costanera para cenar un sándwich de carne, mientras la brisa de la media tarde se les entrometía por la camisa, erizándoles los vellos del cuello.
En medio de una charla que carecía de algún sentido, tuvieron la gran idea de meterse por el estacionamiento de un restaurant bastante refinado, saludar al chico del trapito con desdén y sentarse en la bajada que daba al río.
-Mirá al tipo de la caña roja, -dijo Fabián mientras señalaba a un hombre que justo tiraba con esmero del mango. -si con eso no pica no lo hace con nada.
-Nunca entendí mucho de pesca. Nunca me interesó para variar.
-¿Jamás te dio intriga y te pusiste a husmear programas de pesca en los canales de deportes? -preguntó sorprendido.
-Yo no tengo pagos los canales de deportes.
-Qué tipo raro que sos Rubén.
Después de sacudirse el pasto del pantalón, y de apresurar el paso ante los gritos y las quejas de uno de los porteros del restaurant, caminaron un poco mientras miraban al río calmo, negro y apagado por la noche, un poco en silencio y un poco escuchando el golpe de los zapatos contra el pavimento.
-Extrañaba esto la verdad Fabián, hacía mucho que no pasabas. -soltó con su voz rasposa.
Al escuchar lo que había dicho, le dedicó una sonrisa sin mirarlo.
-Sí, perdoná... vos sabés que yo estuve con mis temas en casa...
-No te hagás drama. -lo interrumpió -No te pedí explicaciones, te quería decir eso nada más.
Rubén tosió ahogadamente y Fabián puso la mano atrás de su espalda amagando a dar unos golpes, pero mientras tosía le hizo un ademán de que no hacía falta, antes que pudiera darle la palmada.
Sin embargo de repente el viejo paró, y colocó las manos sobre sus rodillas, respirando fuerte y tosiendo agitado, pero en un volumen muy bajo.
Fabián se lo quedó mirando en silencio, y mientras el otro se empezaba a recomponer, y cuando pudo recobrar su postura a medias, le clavó los ojos.
-Ya va a pasar Rubén, quedate tranquilo.
El viejo, sorprendido, primero abrió los ojos bien grandes. Después no le quedó más que asentir con los ojos húmedos.
Emprendieron nuevamente camino mientras los pasos que resonaban contra el pavimento se iban desvaneciendo en la noche.
2 ago 2012
Amarnos.
Quizá amarte fue aquella vez en la que al abrirse el ascensor, yo estaba ahí en mi mejor traje y con un ramo de rubíes y esmeraldas asomándose. Y vos sonreías, y yo estaba ahí.
O también fue ese vino barato, que compartimos sentados en la vereda cantándonos lo que nos amábamos y susurrándonos suspiros, borrachos los dos, lo que yo llamaba amarte.
Quizá nunca entendí que amarte fue despertar a tu lado en la mitad de la noche, y encontrar nuestros cuerpos relucientes de sudor, envueltos en una agitada confusión.
O también aquella mañana en la que el agua hervía, y la pava chiflaba, que no nos atrevíamos ni a mirarnos ni a emitir ningún sonido, como dos fantasmas color turquesa.
Quizá amarnos fue gritarnos en la cara y no escuchar lo que el otro decía, mientras vos llorabas de bronca y yo lloraba de impotencia.
O también aquel cigarrillo que compartimos en silencio, sentados sobre el suelo color caoba del comedor, vos enfundada en tu camisón blanco y tu piel marcada por la almohada, y yo con mi camisa arremangada mirando al vacío.
Quizá amarnos fue, en verdad, la nada, atravesar juntos el pórtico de mármol, pisar la acera, apuntarnos una mirada unos segundos, y despedirnos en silencio.
Pero amarte fue el momento en el que al darnos la espalda en el gris adiós, yo me di la vuelta para ver si me mirabas, y vos caminabas hacia adelante, y tu silueta se encogía.
O también fue ese vino barato, que compartimos sentados en la vereda cantándonos lo que nos amábamos y susurrándonos suspiros, borrachos los dos, lo que yo llamaba amarte.
Quizá nunca entendí que amarte fue despertar a tu lado en la mitad de la noche, y encontrar nuestros cuerpos relucientes de sudor, envueltos en una agitada confusión.
O también aquella mañana en la que el agua hervía, y la pava chiflaba, que no nos atrevíamos ni a mirarnos ni a emitir ningún sonido, como dos fantasmas color turquesa.
Quizá amarnos fue gritarnos en la cara y no escuchar lo que el otro decía, mientras vos llorabas de bronca y yo lloraba de impotencia.
O también aquel cigarrillo que compartimos en silencio, sentados sobre el suelo color caoba del comedor, vos enfundada en tu camisón blanco y tu piel marcada por la almohada, y yo con mi camisa arremangada mirando al vacío.
Quizá amarnos fue, en verdad, la nada, atravesar juntos el pórtico de mármol, pisar la acera, apuntarnos una mirada unos segundos, y despedirnos en silencio.
Pero amarte fue el momento en el que al darnos la espalda en el gris adiós, yo me di la vuelta para ver si me mirabas, y vos caminabas hacia adelante, y tu silueta se encogía.
18 jul 2012
Si
Si hay algo
que me enseñaste
es que la vida
es un océano.
Si hay algo
que entendí
es que todos
somos estrellas.
Si hay algo
que alcanzar
es la eternidad
del momento.
Si hay algo
que aprender
es a amar
con locura.
Si hay algo
que sé
es que ya
no te veo.
Si hay algo
que no sé
es si me mientes
o me amas.
que me enseñaste
es que la vida
es un océano.
Si hay algo
que entendí
es que todos
somos estrellas.
Si hay algo
que alcanzar
es la eternidad
del momento.
Si hay algo
que aprender
es a amar
con locura.
Si hay algo
que sé
es que ya
no te veo.
Si hay algo
que no sé
es si me mientes
o me amas.
14 jul 2012
Un paño que flamea en el muelle.
Y es este horario fatal,
tan lejano al azar,
tan cercano al destino,
el que me impide descansar.
Y esta voz raspada,
ajada de que grite,
cansada de que llore,
es mi mejor escondite.
Y es esta luz tenue,
que baila con mis ojos
tan cruel, y tan idéntica
a la de tu dormitorio.
Y son estas palabras,
un paño que flamea en el muelle,
un hasta luego,
un adiós y un buena suerte.
tan lejano al azar,
tan cercano al destino,
el que me impide descansar.
Y esta voz raspada,
ajada de que grite,
cansada de que llore,
es mi mejor escondite.
Y es esta luz tenue,
que baila con mis ojos
tan cruel, y tan idéntica
a la de tu dormitorio.
Y son estas palabras,
un paño que flamea en el muelle,
un hasta luego,
un adiós y un buena suerte.
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